Día tras día, las cosas seguían igual: la misma media docena de ponis que aguantaban su peso por turno, las inclemencias del tiempo, y la pradera de la estepa extendiéndose en todas direcciones hasta donde alcanzaba la vista. A veces, Asurte llegaba a olvidar su propio nombre. Después de todo, ya no quedaba nadie vivo que lo llamase así. Cabalgando sin más objeto que sobrevivir un día más, por un perverso deseo de contradecir las ideas rígidas de sus oponentes, era fácil olvidarse de toda una vida, y perderse, simplemente, en las sensaciones del momento.
Hacía ya varias semanas que el clan estaba en peligro. El clan que, infringiendo las leyes ancestrales, había adoptado a Asurte, un extraño a la estepa, dándole un nuevo nombre y una nueva esperanza. Ya por varios años, Asurte, conocido como Kiertac, había servido al clan con todo su empeño: “sangre por sangre, vida por vida, hasta que el sol se apague”, decía el juramento de adopción, y Asurte, como todo ciudadano del imperio, se tomaba los juramentos muy en serio.
Tras eventos de los que Asurte nunca daría una explicación comprensible a los nómadas esteparios, para quienes el imperio sólo podía entenderse como un mito o como un poderoso y rico clan de clanes, hablaron las ostras, y tuvo entonces que probar el vino amargo del exilio. Como último acto de desafío contra aquellos que le habían ganado la partida, Asurtes tomó la decisión (por la que muchos pensaron que había perdido la razón) de vivir su destierro en las tierras esteparias, donde vivían los clanes nómadas que habían siglos atrás osado incursiones contra el imperio, antes de que numerosas expediciones punitivas eliminasen la costumbre de asaltar sus ciudades. Conforme a la ley, allí se vio Asurte, hombre civilizado, culto, y en absoluto preparado para una vida sin descanso a lomos de un poni, con 5 cubos de plata, su espada larga, y un caballo de batalla.
Sin saber lo que hacer, recorrió las estepas durante días, en busca de compañía, pues la soledad le resultaba intolerable. Un hombre que había vivido en constante debate, proponiendo, rebatiendo y apoyando o denostando las posiciones de otros hombres, encontraba imposible vivir en los confines de su propia imaginación. Fue así que, tras caer prisionero de uno de los clanes que pastoreaba sus animales, y que inmediatamente lo declaró esclavo por derecho de conquista, no pudo hacer otra cosa que llorar de alegría al oír las voces de otras personas. Al principio de su carrera política, Asurte había recibido tributo de algunos clanes que se habían venido adhiriendo al imperio por relaciones que ellos consideraban de alianza y el imperio de vasallaje, por lo que conocía la lengua de las estepas, y pronto recobró fluidez en ella, realizando los encargos que sus nuevos amos le ordenaban: el montaje y desmontaje de las tiendas, la carga de agua, carbón, y otros víveres, y, en general, cualquier tarea que considerasen indigna de un guerrero.
Fue tras haber sido vendido varias veces, que el jefe de un clan, reconociendo la fisonomía típica de un ciudadano del imperio, le preguntó en un ortós oxidado y mal declinado quién era, por qué motivo había caído en la esclavitud de los clanes, y cuáles eran sus conocimientos. Asurte le dijo su nombre, lo que en otro tiempo habría considerado un privilegio para un bárbaro, habiendo aprendido la poca estima en que los clanes tenían a los esclavos, e intentó explicarle que su formación se centraba en la ley del imperio, pero que tenía conocimientos básicos de filosofía natural, botánica, y algunos fundamentos de logística. Quizá el ortós del jefe del clan no era lo bastante avanzado, o quizá algunos de esos conceptos estaban fuera de la órbita de su experiencia, porque lo que concluyó fue que Asurte era un chamán.
Los destinos de Asurte pronto cambiaron cuando el chamán del clan que lo había comprado por una cabra intentó averiguar qué había de cierto en la teoría del jefe del clan. Enseguida comprendió que, si bien Asurte no era exactamente un chamán en el sentido en que lo entendería su pueblo, tenía los conocimientos equivalentes, y en muchos aspectos superaba a los suyos propios. Así, Asurte ayudó al clan a modificar parte de sus técnicas y materiales, mejorando su metalurgia (mucho más avanzada en el imperio), preparando extractos y pócimas capaces de curar sus enfermedades y heridas, y en general colaborando en todo lo posible con el clan. Un chamán más desconfiado o egoísta habría tenido una reacción bien distinta, pero Lourtag tenía una mentalidad abierta y un profundo sentido del deber. No sólo se preocupó por mejorar la vida de Asurte, que había sufrido mucho expuesto a duros trabajos para los que no estaba bien dotado por naturaleza, y cuyo amor propio había sido menoscavado en gran medida por el ridículo y las humillaciones a que se había visto maliciosamente sometido, sino que también intentó convencer al clan de que adoptase a Asurte, que, siendo un chamán, no podía considerarse como un esclavo. La esclavitud de Asurte pronto pasó a ser meramente una ficción, en cuanto se dieron cuenta los miembros de cuán útil podían ser sus consejos e invenciones. Sin embargo, el jefe del clan, deseoso de mantener las formas, lo retuvo en su estado servil durante un año y un día, tras lo que le permitieron comprar su libertad. ¿Y–se preguntó Asurte–que hago yo ahora con mi libertad, en medio de la estepa, rodeado de extraños con quienes no tengo vínculo alguno? Al menos antes–se decía–, tenían una razón para llevarme con ellos. Pero todas sus preocupaciones fueron en vano, y tan pronto como se agotaron los 3 días de hospitalidad debidos a un huésped, fue el propio jefe del clan el que le propuso la adopción.
–Tú sabes–le dijo–que según nuestras leyes, todo extraño a la estepa está sujeto a nuestro dominio en ella, con excepción de los legados imperiales debidamente acreditados. La estepa no conoce otro dueño que no sean los clanes, que en mancomunidad mantenemos poder sobre ella. Nadie más sabe como sobrevivir. Tú, sin embargo, has sobrevivido varios años, en condiciones que habrían matado a muchos hombres. Atesoras conocimientos, venidos de tu clan, de los que no disponemos, y nuestro chamán es tu amigo. No sé que deseas hacer con tu futuro, y cada hombre ha de cabalgar como le dicte su albedrío, pero nuestro clan te adoptaría de buen grado.
–Pero tengo entendido–contestó Asurte–que está prohibido adoptar a extraños.
–Asurte es un extraño. Como tal, es imposible que un clan honorable lo adopte. Pero, ¿qué hay en un nombre? ¿Acaso las estrellas, que nosotros llamamos de un modo, y vosotros, en el imperio, de otro, no brindan la misma luz a los mortales?
Este argumento, que Asurte había escuchado en términos similares en círculos filosóficos que frecuentaba, resultó ser la pieza de convicción: después de todo, ¿qué mejor oportunidad surgiría que unirse a un clan cuyo chamán era un buen amigo y un observador herbalista, y cuyo jefe era prácticamente un filósofo autodidacta? Si sus detractores supiesen de su nueva perspectiva, ¡cómo se reirían! ¡Él, que se había negado a acudir a banquetes donde faltasen conversaciones doctas, pensando en un bárbaro nómada como en un interlocutor! ¿Por qué no habría optado por el destierro en las ciudades mercantiles del mar interior? Pero al tiempo susurraba en él el convencimiento de que nunca habría vivido tanto–aprendido tanto y entendido tanto sobre sus capacidades y sus límites–en las ricas y opulentas islas.
–Un ciudadano del imperio–contestó Asurte–tampoco podría dar su lealtad a cualquier otro grupo. Asurte no podría jurarte obediencia, ni asumir los vínculos de todo miembro del clan. sin embargo, encuentro sabiduría en tus palabras, y espero que el honor que el clan está dispuesto a hacerme le sea devuelto por mi adhesión hasta la última gota de sangre.
–Bien dicho. Todos sabemos que hablas bien. Tu nombre será por tanto Kiertac, pues tu lengua es ágil y tus palabras calman las pasiones como el murmullo de los torrentes, que nos recuerda los peligros de actuar sin pensar.
En cuanto Kiertac fue formalmente adoptado, sus desvelos por mejorar la vida del clan no hicieron sino aumentar. Intentó enseñarles todos los avances del imperio, aunque sorprendido aprendió que en algunas materias los clanes tenían mejores técnicas, y en otras lo que sirve en un imperio sedentario con ciudades de cientos de miles de almas y talleres repletos de herramientas y trabajadores no es siempre la solución óptima para un clan con unas cuantas docenas de personas, siempre en movimiento, siempre a la merced del tiempo y en constante alerta frente a incursiones de otros clanes. Su plan de instituir una educación básica univesal que permitiese a todos los miembros leer y escribir, se encontró con la realidad práctica de un pueblo en que los clanes son lo bastante pequeños que todos conocen a todos, y no sólo por su nombre sino por íntimos y extensos detalles de su genealogía, haciendo el intercambio escrito de ideas difícil de justificar. Algunos jóvenes decidieron aprender el alfabeto, pero pocos llegaron a utilizarlo con provecho, y Kiertac nunca pretendió recrear el imperio de que había sido desterrado. Tal noción habría sido contraria a su temperamento, que respetaba a su clan por su capacidad de vivir en la estepa donde pocos imperiales podrían sobrevivir sin el apoyo logístico provisto por innumerables caravanas e ingenios para el transporte de aguas y mercancías, y habría resultado contraria a la lealtad que residualmente le debía al imperio, como fuente de su visión del mundo. Una cosa era integrarse en un clan que nunca podría hacer el mínimo daño al imperio, y otra bien distinta intentar crear otro centro de poder en el continente. En cualquier caso, si esas hubieran sido sus intenciones, ni el chamán ni el clan jefe lo hubiesen permitido, el primero apelando a la tradición y a las necesidades de la vida nómada, y el segundo, con mayores miras políticas, temeroso de la reacción inevitable del imperio ante tal usurpación de su monopolio del poder.
Todo fue bien durante varios años, hasta que, durante una de las reuniones en que los clanes intercambiaban miembros para asegurar una cantidad razonable de exogamia, tras una copiosa cena regada con leche fermentada, surgió la historia de Kiertac. Algunos miembros del clan, embriagados e incautos, explicaron su procedencia, e incluso dijeron su antiguo nombre: Asurte.
Al día siguiente, el chamán del otro clan, celoso de las obvias mejoras en muchas de las técnicas y herramientas, discutió en alta voz y exigió el sacrificio de Kiertac a los dioses, ya que a ningún extraño le está permitido unirse a los clanes. La superioridad numérica y el apoyo unánime de todos los miembros a Kiertac disolvieron el conflicto, y los clanes se separaron, sin ratificar su alianza pero sin más hostilidades. Desde entonces, sin embargo, las cosas empezaron a complicarse para el clan. Quizá hubiese dinero imperial de por medio, o quizá fuese la mera preocupación de los chamanes por su propia posición, pero firmes aliados se convirtieron en neutrales, y los neutrales se hicieron hostiles.
–Qué vamos a hacer? ¿Qué será del clan–preguntó Kiertac–si continúan persiguiéndonos hasta los confines de las estepas? Quizá sea hora de entregarme. Sangre por sangre y vida por vida. El sol sigue brillando.
–Nuestro clan es soberano. Adoptamos a quien nos place, y no estamos dispuestos a permitir injerencias en nuestros miembros. Yo soy tu jefe, no tu dueño, y tus decisiones han de ser tuyas. No soy como el jefe de tu clan de clanes, que pretende que os echéis a sus pies y penséis solamente cosas que le plazcan. Te digo que a mi juicio, podemos disuadir a nuestros enemigos de sus intenciones, gracias en parte a tu ayuda: tenemos mejores puntas de flecha, mejores armaduras… La decisión está en tus manos: cada hombre cabalga sólo en su último día.
–Si te parece, prefiero vender mi vida más cara, y defender la sangre del clan con la mía. Sospecho que a estas alturas mi mera entrega no se librará de esta persecución, que seguramente esté tan basada en la envidia como en las leyes.
–Así sea, compañero. Para todo hombre llega un día en que ha de confiar en su clan, y, formando en círculo, defenderlo hasta el final. A veces un clan entero cae ante el acoso de muchos otros, y puede ser nuestro final, pero no es ningún deshonor si caemos como lo que somos: un clan, libre y soberano, condueño de las estepas, cuya palabra nunca ha sido violada.
El jefe miró a su alrededor, y vio como en todas direcciones se acercaban sus enemigos. Sin detenerse a arengar a su gente, disciplinada y dispuesta a la batalla, simplemente gritó: “¡conmigo, y con Kiertac! ¡Que nos veamos juntos cabalgando sobre las Estrellas!”
Se oyeron arcos, zumbaron las flechas, y los hombres y los caballos heridos gritaban de rabia y dolor. El sol se puso, y, más tarde, se hizo el silencio.
Día tras día, las cosas seguían igual: la misma media docena de ponis que aguantaban su peso por turno, las inclemencias del tiempo, y la pradera de la estepa extendiéndose...