Cánones y libertarios digitales

12/12/2014

Con la reforma de la ley de propiedad intelectual propuesta por el Gobierno ha surgido un gran revuelo al hilo de la denominada “tasa Google”, que es un canon impuesto sobre los agregadores de enlaces, recaudado a beneficio de la AEDE (Asociación de Editores de Diarios españoles). La respuesta generalizada parece ser de rechazo a la medida, bajo un argumento de libertad: ¿por qué debe Google–u otros agregadores de contenidos–pagar por servirse de los enlaces? En mi opinión este argumento es, en si mismo, insuficiente.

En muchas ocasiones he escrito en contra de los excesos jurídicos alrededor de la noción de derechos de autor, y en favor de la cultura y del software libres. La prensa española es y ha sido clientelar del poder, y quizás haya poco que admirar en ella. Sin embargo, este me parece un caso en el que la gente se deja llevar por el liberalismo imperante, sin pararse a pensar en las consecuencias de orden superior y de largo plazo.

El sistema de derechos de autor surge (al menos en teoría) como un mecanismo para ofrecer incentivos a los escritores y mejorar su posición de negociación frente a las editoriales. Con anterioridad a estas leyes, el autor que creaba una obra veía como los beneficios de su publicación se quedaban en manos de las imprentas. Para ello surgieron derechos que configuraron una especie de propiedad, la denominada propiedad intelectual (y no olvidemos que toda forma de propiedad es un artificio) estableciendo un derecho de exclusiva del autor para explotar sus obras.

Esta regulación, que tenía un carácter industrial (las imprentas no las tenía cualquiera, y la libertad de prensa siempre fue la libertad para el que tenía una prensa) se fue extendiendo con el avance tecnológico a todos los ciudadanos. Lo que empezó siendo un mecanismo de protección laboral, de defensa del trabajador escritor frente al capitalista editorial, se transformó en una losa intolerable sobre las más básicas formas de comunicación entre los particulares. Hoy ya no es necesario tener una imprenta para copiar un libro, sino que todos disponemos en nuestras casas de mecanismos que lo hacen posible.

Como a menudo occure en el proceso de captura regulatoria, los intereses económicos del sector fueron los que acabaron dictando las propias normas que lo regulan, y así tenemos el maximalismo en materia de propiedad intelectual emanando de sociedades de autores, la industria discográfica, el cine, y demás fábricas de entretenimiento, por no hablar del software. Frente a esto siempre me he posicionado y me seguiré posicinando, y me parece notable que las alteraciones al régimen de copia privada de la nueva ley de propiedad intelectual, que nos afectan a todos y no sólo a Google, no se hayan llevado ni la milésima parte de la atención, pero claro, la copia privada no tiene un grupo de presión organizado como sí lo tienen los agregadores de enlaces.

El canon que grava la utilización de enlaces y secciones no significativas (es decir, que en condiciones normales no vulnerarían los derechos de autor por considerarse de minimis) se corresponde bastante bien con el objeto original de los derechos de autor: asegurarse de que los creadores de contenidos obtenían una participación económica en los beneficios que los capitalistas, en situación de efectivo monpolio, podían obtener de ellos, mediante una regulación industrial. El “pagar por enlazar” sólo genera el canon para aquellos agentes con ánimo de lucro, y teniendo en cuenta que tal lucro se fundamenta, inevitablemente, en la existencia de contenidos que enlazar, la verdad es que no entiendo el súbito disgusto por esta idea.

Cuando se propuso imponer un canon sobre los buscadores en beneficio de las compañías de telecomunicación, me opuse a él, porque era una clara puerta trasera para saquear la neutralidad de la red, y porque los buscadores ya pagan por su ancho de banda con los relevantes acuerdos de conexión (peering). Pero el que quienes realizan un trabajo de utilidad social (y el que sus enlaces se agreguen con ánimo de lucro demuestra tal utilidad) puedan participar de los beneficios que tal actividad genera, me parece un mínimo principio de justicia.

Hay mucha gente que culpa a la prensa de su situación actual. Dicen que debieron tomarse internet con más seriedad, y que sus problemas derivan de su falta de diligencia como empresarios, o de que la tecnología los ha convertido en innecesarios. Al margen de que pueda ser cierto, me parece el típico argumento liberal de que los obreros se tienen que buscar la vida, y si ya no los quieren contratar a un precio determinado, es problema suyo. Es la misma retórica bajo la que se intenta eliminar el salario mínimo, los límites de la jornada laboral, y en fin todas aquellas formas de regulación jurídica que limitan la explotación del trabajador. En este caso, se nos dice que la tecnología ha cambiado, y que la función de la prensa ha dejado de ser lucrativa, con lo que “el progreso”, y Google que parece ser su moderno avatar, requieren que se remueva todo obstáculo a su cuenta de beneficios.

También se nos dice que Google se irá, que supondrá un grave perjuicio para la prensa, y que es ridículo quejarse de ese monopolio, intentando obligarlo a que siga funcionando. Y sin embargo, si existiese un monopolio eléctrico que pudiese decidir quién recibe electricidad, ¿no sería una reclamación básica de la sociedad que tales decisiones fuesen neutrales y en consonancia con el interés público?

Los gigantes tecnológicos son una realidad, tan o más monopolística que las imprentas del siglo XVIII. Por mucho que se pretenda otra cosa, las barreras de entrada para convertirse en un nuevo Google serían impensables. Cuando en la sociedad se producen situaciones de monopolio, natural o artificial, que otorgan a ciertos agentes un poder exorbitante sobre los demás, lo lógico es que la cosa pública se preocupe de proteger a la parte débil del negocio. Por eso tenemos un derecho laboral y mercantil, un derecho de consumidores, de la competencia, etc. Google se va no es más que otra repetición de “el capital se va”, con el que intentan atemorizarnos en el sur de Europa y en cualquier otro lugar en que se le ofrezca oposición. Por otra parte, Google que ahora descubre sus esencias libertarias, ha hecho uso de los derechos de autor, del sistema de patentes, de la protección de las marcas, y de semejantes trabas a la sagrada libertad de que ahora se compadece.

Es discutible si el establecimiento de este canon es, desde el punto de vista práctico, la mejor forma de proteger una industria como la prensa, que, no se nos olvide, es eje central de una sociedad democrática, sirviendo como plataforma a la libertad de expresión y a la formación y confrontación de ideas en la vida pública. Lo que está claro es que Google, y compañía, son grandes monopolios que se sirven del trabajo ajeno para generar ingentes beneficios, y son más que capaces de defenderse solos. Para eso no me necesitan, y conmigo que no cuenten.

Soy discapacitado: una crítica desde el cariño al concepto de diversidad funcional

05/2/2013

Para los que no sepáis de que va el tema, la noción de diversidad funcional surge del Foro de Vida Independiente como paradigma sustituto a la idea de discapacidad. Según esta noción, es impropio hablar de discapacitados, sino que somos personas funcionalmente diversas. Creo que la gente del FVI hace un gran trabajo, y estoy muy de acuerdo en muchos de los puntos de su filosofía, pero, y desde el respeto, no puedo compartir esta posición. De ahí este artículo, que supongo que no le cambiará la opinión a nadie–ni quizá se trate de eso–pero por lo menos me permitirá, de un modo más sosegado que en Twitter o listas de correo, expresar la mía.

Yo soy discpacitado. Concretamente, soy ciego. Es el resultado de unproblema médico, que ha dejado daños físicos irreparables, al menos dada la técnica existente. No es lo primero ni lo último que soy, claro. También soy informático amateur, licenciado en derecho, abogado no ejerciente, amante de la música, ciudadano de la Unión Europea, y tantas otras cosas. La discapacidad no acota el principio y fin de lo que soy. Pero tampoco es una ilusión. Es una realidad material de la que, por más que quiera, no puedo abstraerme. Del mismo modo que soy mortal, el ser discapacitado supone un obstáculo: un límite al conjunto de opciones que tengo para desarrollar mi vida.

El concepto de diversidad funcional parte de que las personas son distintas (obvio) y que todas tienen el mismo valor (depende del contexto, el operador de igualdad no está bien definido para los seres humanos). Alguien puede ser más alto o más bajo, tener más o menos memoria, o agudeza visual, o sentido del equilibrio. Es verdad, sin dejar de ser verdad que existen normas–en el sentido técnico de varemos estadísticos–que definen el funcionamiento típico de una persona. El estar por debajo de esos varemos no es simplemente ser diverso, ni puede considerarse como indiferente, sino que da lugar a problemas. Es verdad que la discapacidad se puede relativizar: en una cueva sin luz, por ejemplo, un ciego funcionaría en igualdad de condiciones. Es concebible que el sentido del olfato, o su carencia, pudiesen ser clave para la supervivencia en ciertos contextos sociales o futuros imaginables. Dicho esto, no vivimos en el abstracto de todos los mundos posibles, sino en una realidad concreta, en un tiempo y en un lugar, en una sociedad; y hoy y aquí, en la sociedad en que vivimos, yo soy discapacitado.

La idea de la diversidad funcional es, a mi juicio, uno más en una larga lista de intentos por buscar suavizar una cruda situación: el fenómeno de la discapacidad no es indiferente. No se trata de ser un centímetro más o menos alto, sino de poder o no poder tener una experiencia comparable al de una persona normal. Hay un número de términos que se nos han aplicado: inválido, minusválido, disminuido, deficiente, dependiente, discapacitado, etc. En algunos casos, estos términos surgieron como eufemismos para sustituir a otros que, socialmente, se habían convertido en una especie de insulto. Pero por mucho que le demos vueltas al significante, el significado seguirá siendo el mismo: por trazar nuevas líneas en el mapa no van a moverse las montañas.

Ser discapacitado, o funcionalmente diverso–aunque todo el mundo es diverso en su funcionalidad, otro motivo por el que el paradigma está mal nombrado–es algo negativo. Por mucho que nos contemos historias a nosotros mismos diciendo que no importa, que da lo mismo, la discapacidad es un mal y una limitación. Esto no quiere decir que, como bien dice el FVI, los discapacitados no podamos ser felices, o amar, o tener iniciativa, o vivir por nuestra cuenta. El FVI critica que se trate como un problema médico: ¿pero es que los enfermos no pueden, también, ser felices? El hecho de reconocer la discapacidad como el problema que es no precluye el vivir con ella lo mejor que uno pueda, que, por supuesto, puede incluir el ser feliz, o no; en eso hay pocas recetas infalibles. Es bueno conocerse a uno mismo, y para todas las personas tal conocimiento supone siempre límites. Para un discapacitado, más límites que para otra persona, pero, en fin, nadie tiene una libertad perfecta. El actuar dentro de la nuestra, depende en buena medida de confrontar con realismo las cotas en que podemos operar.

Este deseo de endulzar la realidad y afirmar la igual dignidad de las personas, puede convertirse en un obstáculo a la hora de luchar contra la discapacidad. En un mundo ideal, no habría discapacitados. Sí, en un mundo ideal, yo no existiría, ciertamente no como soy ahora. El enfoque médico de la discapacidad ofrece oportunidades para acercarnos a ese mundo, corrigiendo o mitigando los problemas que surgen. Con el avance de la técnica, es de esperar que muchas de la causas de discapadidad de hoy en día, se conviertan en pies de nota en los libros de historia; y no habrá absolutamente nada que lamentar en ello. De igual modo, la oposición del FVI al aborto eugenésico, aquel que se lleva a cabo en atención a malformaciones, enfermedad o discapacidad del feto, me parece un desatino. Yo no voy a condenar a nadie por decidir llevar a término un feto con una discapacidad, pero creo que es evidente que, por mucho que nos empeñemos en negarlo, no todas las vidas merecen la pena ser vividas. Hay gente, y es una opción perfectamente válida, que habría preferido no haber nacido. Considerando que el feto no es una persona, la terminación del embarazo en estos casos me parece una opción humanitaria.

Por último, me referiré a la idea, que no se corresponde exactamente con la diversidad funcional, de utilizar lenguaje centrado en la persona. Se dice que hablar de discapacitados es resaltar la condición de tal, en lugar de partir de que todos somos personas, tengamos discapacidad o no. Esta línea argumental me parece que carece de todo mérito. Es un principio básico en la teoría de la información, que la energía necesaria para transmitir un mensaje depende de la longitud. Cargar el idioma de circunloquios que no añaden nada en términos semánticos no es sólo mal estilo, sino que está condenado al fracaso. Igual que soy–pero no me llamaría–una persona con interés por la informática, o una persona licenciada en derecho, o una persona colegiada como abogado no ejerciente, o una persona con ciudadanía de la Unión Europea, soy–pero no me llamaría–una persona con discapacidad. En definitiva, yo soy discapacitado.

Procura que parezca un accidente

20/11/2011

Hoy es día de elecciones. A estas alturas parece inútil escribir sobre política. Nos han estado bombardeando con el tema durante meses, y ya dan ganas de que, acabe como acabe, se termine esta campaña, que como los artículos de Navidad, cada vez se antepone más en el tiempo.

Supongo que escucharemos los tópicos de siempre: “fiesta de la democracia”, “jornada tranquila y sin incidentes”, etc. Se trata de frases tan desgastadas por el uso que a penas significan algo. ¿Realmente alguien, a estas alturas, se cree que las elecciones son una fiesta? No sé vosotros, pero yo más bien experimento alivio, y eso que tengo interés por la política. Supongo que la gente que no lo tenga estará ya aburrida del aburrimiento.

La verdad es que no podemos hablar ni de fiesta ni de democracia. No se trata de poner en tela de juicio la limpieza del proceso electoral, que yo por lo menos estoy convencido de que tiene toda la integridad que tienen estas cosas. La realidad es que las opciones que se nos brindan están más que circunscritas (valgan las alusiones).

Llevamos más de un año con un gobierno agonizante, súbdito de los mercados de bonos y del imperante fetiche por la austeridad que reina en París, Berlín y Frankfurt. Pese a tener una tasa de deuda-PIB inferior a la de Francia, Alemania, Reino Unido, por no hablar de Italia, Grecia o Japón, esas entidades tras las que se ocultan los culpables como tras la voz pasiva (mercados secundarios, agencias de calificación) han ahogado al Tesoro español, quitándonos todo margen de maniobra para llevar a cabo una política keynesiana contracíclica, que es lo que podría parecer, en principio, más recomendable. El gobierno ha tenido que llevar a cabo políticas de recortes de gasto público, incluyendo materias como inversiones o investigación y desarrollo, que han tenido evidentes efectos sobre la demanda interna, y por consiguiente sobre el empleo. Mientras se insiste en que hay que ser austeros, la Comisión Europea quiere multar al estado por el exceso de paro.

Ahora nos encontramos con dos partidos con posibilidades de gobierno. Claro que ese tipo de afirmaciones siempre resulta tendenciosa: ¿por qué no tres, o, si ponemos tanta fe en las encuestas, por qué no uno? La verdad es que yo, como ciudadano, voy a votar, que para eso tengo el derecho, pero no me hago ilusiones de que mi voto vaya a tener un impacto significativo en los destinos del país. No ya porque haya muchos millones votando, sino porque el gobierno tiene marcadas las políticas por factores externos al control electoral y democrático de las personas.

¿Y esta crisis? Se han intentado buscar muchos culpables: las instituciones financieras, las agencias de calificación, los gobiernos ineficientes, los prestatarios morosos… También hay una línea de discurso que dice que la culpa es de todos (y por consiguiente no es de nadie). Al margen de descartar esas hipótesis de síndrome de Estocolmo según las que la culpa es de los ciudadanos y de los prestatarios (que debimos de forzar a las altas instancias de la banca a usar credit default swaps y demás derivativas por la fuerza, sin darnos cuenta) seguramente la respuesta implique a todos los agentes: a los gobiernos, no por gastar dinero (seguimos con tasas de deuda-PIB perfectamente asumibles), sino por dejar que la autonomía de los mercados se desplegase sin límites, desregulando el suelo y legitimando las apuestas sobre las hipotecas; a las agencias de calificación, por sus evidentes conflictos de itnereses y su ineptitud; a las instituciones financieras, por haber creado instrumentos tan susceptibles de llevarnos todos al abismo, con el cortoplacismo que las caracteriza. La cuestión es si nos podríamos haber esperado otra cosa.

En un panorama de paro, contracción de la demanda, recortes públicos, y Merkozy pidiendo a gritos más de lo mismo, podría parecer que nos hallásemos ante un accidente: una de esas fatalidades en que todo sale mal. Nada más lejos. El ataque que está sufriendo el estado del bienestar europeo, incompleto como es, y más en el sur, es un ataque sistemático y planeado. El mayor problema de la lucha de clases es que los trabajadores a menudo no nos percatamos de que existe. Pero la ingenuidad no puede ser infinita.

La realidad es que el modelo de economía social en Europa presenta limitaciones importantes a la capacidad de los empresarios para explotar a los trabajadores. El disponer de sanidad, educación y subsidios de desempleo, así como de la negociación colectiva, el derecho de huelga, y demás conquistas (todas ganadas contra el poder económico) impone ciertas trabas a la realización de beneficios. Ahora que los aumentos de productividad de la informatización parecen haberse estancado, que ya no quedan mercados por abrir y que los existentes están alcanzando cotas de saturación, a la vez que disponemos de planta industrial para satisfacer con creces las necesidades reales de todas las personas, lo cual hace rentabilizar el capital aún más difícil, sólo queda modificar el régimen de explotación, cuantitativa o cualitativamente, para lo que la destrucción de las condiciones que damos por sentado en Europa es condición sine qua non.

No se trata de que los empresarios sean mejores o peores personas, sino de que el capitalismo como marco económico tiene sus propios imperativos. Por eso la democracia significa, en términos sustantivos, cada vez menos. Por mucho que vayamos a votar, somos conscientes de que las maquinaciones del sistema financiero, que no debería tener por objeto más que hacer cómputo de los recursos y asignarlos a un uso eficiente, nos marcan la música y la letra que deberán interpretar los gobiernos, con más o menos margen de maniobra. Con todas las imperfecciones del sistema electoral, la falta de democracia no puede resolverse o suplirse con simples modificaciones del mismo. La realidad es que nunca debimos confundir la democracia con el derecho de sufragio. Es más, la elección de representantes es de por sí un proceso antidemocrático. La verdadera vara de medir de la democracia es material, no formal: ¿tiene el pueblo el control de su destino?

Para que hubiera democracia de verdad habría que sustraer a la actividad de esas fuerzas veladas tras el sigilo de la propiedad privada el control de la producción. Tendríamos que ser nosotros los que decidiésemos en qué se invierte la plusvalía social. La economía tendría que planificarse con objeto de satisfacer las necesidades de las personas, y no los imperativos de un algoritmo que hemos dejado correr demasiado tiempo, como si fuese una necesidad o una ley de la naturaleza.

Claro, todas estas reflexiones no sirven de nada. Hoy es día de elecciones, y por mucho que escriba, las elecciones tampoco servirán de nada. Quizás llegará el momento en que las condiciones objetivas y subjetivas nos hagan recordar, como clase, que la porción de nuestro trabajo que se transforma en beneficio empresarial es una porción sustraída que no se convierte en nuestro salario. Tal vez, en pocos años, este fetiche de la austeridad parezca todo lo perverso y contraproducente que en realidad es, y nos demos cuenta de que por muchos juegos contables que se hagan, no tenemos menos fábricas, ni menos productos, ni menos de nada que hace 3 años, cuando todo iba bien. Quizás se resuelva, de una vez por todos, el eterno problema de miles de personas sin vivienda, y, de paso, el absurdo de miles de viviendas sin personas. Por eso escribo. Hoy no toca vencer, toca convencer. Mañana, ya veremos.

El incidente de Mt Gox

25/6/2011

Como ya había comentado, estoy algo metido en el tema de Bitcoin. La cosa marcha bien, y parece que tiene futuro. Sin embargo, recientemente tuvo lugar un incidente bastante negativo para la reputación de Bitcoin (aunque no tenga que ver con la moneda en sí) que da muestra de algunos de los riesgos que se corren al meterse en cosas nuevas.

El mercado de referencia de Bitcoin es, hasta el momento, Mt Gox. Los motivos son varios: ofrece muchos mecanismos para meter y sacar dinero, incluyendo transferencias bancarias en la Unión Europea, es el mercado más líquido, etc. Cuando digo que es el mercado de referencia no quiero decir que sea oficial, ni nada por el estilo. Simplemente, cuando la gente piensa en el precio del Bitcoin piensa, en general, en el precio en Mt Gox.

Pues bien, el fin de semana pasado Mt Gox fue víctima de un ataque informático. Según los gestores de Mt Gox, uno de los auditores que estaba revisando su código sufrió un compromiso de seguridad en su ordenador desde el que tenía acceso de solo lectura a la base de datos. Se sabe que por lo menos una cuenta fue comprometida, se hicieron ventas masivas de Bitcoin con monedas robadas, que hicieron caer la moneda por debajo del dólar, etc. Poco después, empezó a correr por la red una base de datos en formato CSV con los nombres de usuario, correos electrónicos y claves cifradas para acceder a Mt Gox. Las claves estaban cifradas con MD5, un algoritmo que hoy se sabe débil, y algunas sin salting, que es un mecanismo básico de seguridad. Todo esto dio lugar a la suspensión del comercio en Mt Gox, suspensión de la que aún no se ha recuperado.

Ya que estos mecanismos de proteger las claves son insuficientes, la gente de Mt Gox diseñó un sistema para que los usuarios pudiésemos recuperar las cuentas, con claves nuevas. Consiste en dar una serie de datos sobre las operaciones realizadas, la IP de nuestro ordenador, etc, con objeto de que puedan verificar si la cuenta nos pertenece efectivamente. Yo ya he recuperado la mía, aunque tardó bastante tiempo y hasta que me llegó el correo confirmándolo no lo tenía demasiado claro.

Sin embargo, ya desde el primer momento, Mt Gox ha estado enviando mensajes confusos. Al principio decían que sólo una cuenta había sido comprometida, luego se supo que eran todas. Han dado ya varias fechas de reapertura, ninguna de las cuales se ha cumplido (la última es hoy, el 25 de junio, a las 15:00 GMT). Además han generado gran revuelo ya que quieren deshacer todas las operaciones desde que se detectó el compromiso de seguridad.

Lo que me queda claro de toda esta historia es que la gente de Mt Gox no tiene ni idea de como gestionar un mercado seguro. El uso de MD5, sin salting para muchas cuentas, así como el excesivo optimismo con que se lo tomaron todo, da que pensar que no son gente de fiar, no por deshonestos sino por incompetentes. Últimamente me he enterado de que les han surgido nuevos problemas al restaurar los datos, derivados de usar decimales de coma flotante. ¿Quién utiliza decimales de coma flotante para representar dinero? Es de una irresponsabilidad increíble. Esta gente no tiene (o por lo menos no ha demostrado) suficiente competencia para gestionar una tienda electrónica, mucho menos un mercado financiero de divisas.

Lo peor de todo es que los fallos de Mt Gox pueden llevar al desprestigio de Bitcoin. Mientras que Bitcoin tanto en su concepto como en el código de su cliente está escrito y diseñado con mucha precaución, los mercados de intercambio de bitcoin existentes están gestionados por gente poco profesional, sin experiencia en el mundo financiero, y, aparentemente, sin la cautela necesaria para aprender de la experiencia ajena. No digo que haya que haber trabajado en esto para poder montar un mercado seguro, pero como mínimo uno tiene que haber leído. si a alguien se le ocurre usar coma flotante para representar dinero espero que los usuarios lo tomen en cuenta.

Yo por suerte tenía poco bitcoin en el mercado cuando todo esto tuvo lugar. Espero, como se deduce de las afirmaciones realizadas por Mt Gox hasta la fecha, que pueda recuperar lo mío, y tengo bastante claro que seguirlo negociando en ese mercado es exponerse a fallos de este tipo. Es verdad que cabe pensar que ahora que han visto lo que puede ocurrir, se tomarán la seguridad más en serio en el futuro, pero no se hasta que punto me convence esa posición. Esperemos que Bitcoin no salga debilitada a largo plazo de toda esta historia.

Bitcoin: ?es dinero?

25/5/2011

Bitcoin es uno de los proyectos más extraños que he visto nunca. De hecho, es tan extraño que a veces incluso me resulta difícil Saber por donde empezar al tratar de describirlo, y eso que ya lo he hecho unas cuantas veces en los últimos días, normalmente dejando a la gente igual de perpleja que yo la primera vez que leí algo sobre el tema. Me enteré de la existencia de Bitcoin hará más o menos un año, y la verdad es que no le di importancia; es sólo ahora que empiezo a ver su potencial.

Bitcoin es una unidad monetaria; o, si os resulta difícil concebirlo como una divisa cualquiera, pensad en él como un título-valor, como pueda ser una acción, un bono, etc. Lo cierto es, extraño o no, que los diseñadores de Bitcoin lo conciben como una moneda, y en muchos aspectos se comporta como tal. Bitcoin es una criatura del ciberespacio: no veréis monedas acuñadas con la foto de su creador, el japonés Satoshi Nakamoto, sino que como mucho podréis ver vuestro balance y transacciones en un ordenador (u otro dispositivo similar).

¿Cómo se crea una moneda? Hay dos partes esenciales para que un determinado producto se convierta en dinero corriente: que exista demanda del producto como almacén de valor y medio de pago, y que exista un control de la oferta del mismo. Pues bien, yo en su momento tenía dudas de lo primero (por qué querría la gente recibir bitcoin en pago?) si bien, en cuanto a lo segundo, no cabe duda de que bitcoin cumple con creces el requisito. Su funcionamiento, sin embargo, no está centralizado en una institución (como es el caso de los bancos emisores) sino que se rige por un algoritmo. Cada 10 minutos, todos los clientes de bitcoin que quieran intentan generar un bloque: este bloque contiene un registro de las transacciones durante ese tiempo, y un hash (o resumen) del bloque anterior. Por razones técnicas en las que no entraré en esta introducción, la dificultad de generar estos bloques es muy alta, y se ajusta a la potencia computacional del total de la red de usuarios. La persona que genere el bloque se lleva algo como recompensa: de momento, un número de bitcoins que irá disminuyendo con el tiempo; en el futuro, las comisiones de transacción del dinero. Por su propio algoritmo, el crecimiento del número de bitcoins está limitado: cada vez crecerá más despacio, y nunca por encima de los 21000000 de monedas.

Las características principales de bitcoin que le hacen servir bien como dinero son que es fácil de transmitir (las transferencias tardan una hora y hasta las 25000 bitcoins no tienen comisión alguna) y es un medio de cambio que, utilizado correctamente, es completamente anónimo. Tampoco es posible determinar la cantidad de bitcoins que tiene una persona. Estas características, a la vez que su límite de oferta para evitar la inflación, lo hacen un medio atractivo de almacenar valor y realizar pagos.

Pero, ¿tiene valor? Esta es una pregunta un tanto compleja. Al margen de teorías de lo que es el valor, en cualquier caso, hay que decir que el bitcoin tiene valor en tanto que se puede intercambiar por otras divisas. Mt Gox es un mercado en que se pueden comprar y vender bitcoins por dólares americanos. Existen otros mercados, como Britcoin (de libras) o bitmarket (que admite varias divisas, incluido el euro). Además, cada vez hay más gente que admite bitcoin como medio de pago: sitios de hosting, diseñadores web, fundaciones como la Electronic Frontier Foundation, y un número pequeño pero creciente de tiendas en internet. Por ello, a la pregunta de si tiene valor, desde un punto de vista práctico y teorías económicas aparte, hay que responder con un rotundo sí.

Mi historia con bitcoin es algo peculiar. Oí hablar del proyecto allá por febrero o marzo del año pasado, cuando era poco más que una curiosidad. Me interesé por él, porque por razones evidentes este proyecto hace uso significativo de la criptografía, y éste tema siempre me apasionó. Me puse a correr el cliente, hice algunas transacciones de prueba conmigo mismo, y en algún tiempo tenía generadas 200 monedas. Como no había nada útil que hacer con ellas, pronto me olvidé de toda la historia, y mi cliente de bitcoin quedó relegado a mi portátil viejo, que ya no uso. Ni siquiera lo instalé en el nuevo.

El jueves pasado, sin embargo, me enteré de que un amigo mío del IRC estaba metido también en lo de bitcoin, y me comentó todo el tema de los mercados de compraventa de divisas. Tras echar un vistazo, y conseguir recuperar mis bitcoins del portátil viejo, comprobé que tenía bitcoins por valor de 1400 dólares. ¡Qué lotería! Como venía siendo dinero gratis, y siempre tuve algo de curiosidad por los mercados, me puse a especular con ellos en Mt Gox, el mercado más grande y líquido de bitcoin, con un volumen diario que a menudo llega a los 200000 dólares, y comprobé que en un mercado volátil se pueden hacer beneficios rápidos (también pérdidas, ojo). Se me ocurrió que, si bitcoin triunfa, que no está ni mucho menos asegurado de mmomento, su valor no puede hacer otra cosa que aumentar, teniendo en cuenta que el número total de monedas está limitado, así que por ahora no voy a vender mis bitcoins: me dedicaré a tratar de especular un poco en los mercados, e intentarlas hacer crecer.

Como último punto de este artículo, me gustaría hacer una aclaración. En marzo del año pasado, cuando empecé a usar bitcoin, la potencia computacional de la red de usuarios era pequeña, y generar bloques (y consecuentemente monedas) era mucho más fácil de lo que lo es hoy en día. De hecho, un grupo de personas que se denominan bitcoin miners, se dedican ahora a intentar generar monedas con hardware especializado: tarjetas gráficas de ATI, corriendo software escrito en OpenCL o CUDA. Hoy en día la lotería que a mi me tocó es muy improbable que le toque a nadie. Las dos opciones para conseguir bitcoins en este momento son invertir algo de dinero en hardware para minar, o comprar bitcoin en los mercados.

Hay gente que piensa que esto hace de bitcoin un esquema piramidal, o un fraude de alguna clase. Nada más lejos. La generación de bloques es un servicio necesario para la seguridad de bitcoin (gracias a este protocolo se evita que una moneda se gaste dos veces) y merece una compensación. Además, y sin querer atribuirme méritos que no tengo, los que empezamos en esto pronto hicimos una evaluación del proyecto, e invertimos nuestro tiempo en una aventura más que especulativa. ¿Quién iba a pensar que bitcoin llegaría a valer 7 dólares? La realidad es que nadie haría el trabajo de generar bloques si no fuera por alguna compensación, y además es necesario sacar las monedas a la circulación de alguna manera. ¿Con qué mejor servicio que el de proteger la red?

En conclusión, ya que tengo un número de bitcoins, no me considero neutral para recomendar a nadie que invierta en ello o deje de invertir. En febrero de este año, el bitcoin estaba a menos de un dólar; ahora mismo (04:53) está a 7.32 dólares. Cada uno tiene que evaluar sus propios riesgos, y decidir lo que mejor le convenga. Yo simplemente voy a decir que seguiré teniendo bitcoins, aunque mi primer impulso fuese venderlas todas y coger la pasta. Si estáis interesados en el tema, me podéis preguntar lo que queráis en los comentarios. Estaré encantado de contestar, y si queréis probar a enviar bitcoins a alguien, se aceptan donaciones en la direccion de bitcoin 1JdUUkoysFSUTTdJQHNevKCHgafHsxpXQa :-)

Sobre mercados de predicción

07/5/2011

Hoy os quiero hablar de un tema que me ha estado comiendo el tarro últimamente. Se trata de una idea que tampoco es exactamente nueva, pero que me parece sumamente interesante: se trata de los mercados predictivos. Como ejemplos de mercados predictivos funcionando tenemos Intrade, donde se negocian contratos de lo más variopinto, tales como resultados electorales.

¿Qué son?

Un mercado predictivo es un mecanismo de decisión colectiva, cuyo objeto es agregar la información que distintas personas tienen sobre algún evento, permitiendo así realizar una predicción sobre el mismo. Como esta definición es un tanto abstracta, voy a poner un ejemplo.

Supongamos que queremos saber como va a ser la cosecha de uva. Una de las cosas que podemos hacer es preguntar a varios grupos de expertos: agrónomos, meteorólogos, etc. Con todos los datos que nos den, podemos intentar formar un modelo, y con él llegar a una predicción determinada. Sin embargo esto tiene una serie de inconvenientes:

  • Es un proceso complicado, lento, y probablemente caro
  • Sólo se basa en la información de un número reducido de personas
  • Sólo se considera información que se sabe de antemano que va a ser relevante

¿Cómo funciona, por contra, el mercado predictivo? Un mercado predictivo es parecido a una bolsa, sólo que en lugar de acciones de empresas se compran y se venden predicciones. Hay varias formas de hacerlo funcionar, pero voy a referirme al más básico (sobre el cual es posible constuir otros más complejos). (Índices, opciones y futuros son mecanismos adicionales para hacer las cosas aún más interesantes.) Supongamos que lo que queremos saber es si se producirán más de 10000 kilos de uva (por poner un ejemplo, no tengo ni idea sobre la cosecha de uvas). En nuestro mercado, si la cosecha supera los 10000 kilos, se paga a cada propietario de un título 1 €, y si no se alcanza tal cifra, 0 €.

La predicción funciona por el propio juego del mercado. Si el precio del título está a 0.40 €, por ejemplo, y alguien cree que hay un 60% de probabilidades de alcanzar los 10000 kilos, comprará el título, ya que con un 60% de probabilidades de ganar 1 € su valoración es de 0.60 €. Por contra, alguien que tenga títulos a 0.40 € y crea que las probabilidades de alcanzar el objetivo son del 30% querrá vender el título, ya que estaría sobrevalorado, en su opinión. Así, mediante la compra y la venta de los títulos, se puede obtener una predicción agregada del mercado.

Podría parecer, como primera impresión, que hacia el final del periodo de la predicción, la gente que crea que la probabilidad de alcanzar el objetivo es baja, venderá el título a cualquier precio, antes que quedarse sin nada. Sin embargo esto no es del todo así: desde luego, nadie pagaría 0.90 € si piensa que se va a quedar sin ellos, pero 0.02 € o 0.05 € pueden valer la pena si la recompensa es de 1 €, aunque sea poco probable. (El modelo para calcular las reacciones racionales a este tipo de situaciones es el de utilidad esperada.)

Falta un aspecto para completar nuestro mercado. Tal como lo he descrito, las opciones que tenemos como actores del mercado son esencialmente 3:

  1. Comprar un título infravalorado, o al alza
  2. Mantener un título bien valorado, o al alza
  3. Vender un título sobrevalorado, o a la baja

Pero estas opciones dejan un caso descubierto: ¿qué hacemos si vemos que los títulos están sobrevalorados pero no tenemos ninguno? Si tuviéramos títulos los podríamos vender, y alcanzar así un beneficio, pero si no los tenemos por haber entrado tarde en el mercado, o porque desde el principio estuvieron sobrevalorados, no nos quedan opciones. Esto se soluciona permitiendo la venta a corto. El tema de las ventas a corto es bastante complicado, sobre todo en mercados reales, pero básicamente una venta a corto es equivalente a tener un número negativo de títulos. Voy a explicarlo más claramente con un ejemplo.

Volvamos al caso de las uvas. Los títulos están a 0.85 €, pero tenemos motivos para pensar que el mercado está siendo demasiado optimista y no se alcanzará el objetivo. Decidimos vender 10 títulos a corto, tratando de beneficiarnos de la situación. Pues bien, esos 10 títulos a 8.50 € se le venden a otro participante del mercado, y a nosotros se nos anotan -10 títulos, y la ganancia realizada. Pero ojo, esa ganancia no dispondremos de ella hasta que cerremos la posición, ésto es, hasta que compremos los 10 títulos de nuevo para estar a cero. Entonces, ¿dónde está la utilidad?

Supongamos que el mercado se da cuenta de que las probabilidades de alcanzar el objetivo son mucho más bajas. La gente va vendiendo los títulos, tratando de recoger beneficios, y bajan a 0.40 €. Cuando lleguen a un nivel que consideremos oportuno (como los 0.40 €) compramos de nuevo los 10 títulos que teníamos en negativo, pero esta vez por 4 €. La diferencia entre los 8.50 € y los 4 € (4.50 €) serían nuestros beneficios. Claro que también nos puede pasar al revés: si los títulos subiesen a 0.95 € y nos diésemos cuenta de habernos equivocado, tendremos que comprar 10 títulos por 9.50 €, incurriendo una pérdida de 1 € para cerrar nuestra posición.

Por último, si no cerramos la posición y esperamos hasta el final, nos encontraremos en la situación contraria a los que tengan títulos: si se alcanza el objetivo tendremos que pagar 1 €, y sinó no tendremos que pagar nada. En cualquier caso se nos descontaría del precio de venta a corto. Por ejemplo, si hemos vendido a corto por 0.85 €, como se indicaba anteriormente, y el objetivo no se alcanza, no estaremos obligados a pagar nada, y obtendremos el beneficio completo de la venta (8.50 € por los 10 títulos). Si por el contrario se alcanza el objetivo, tendremos que pagar 10 €, siempre con el descuento de la venta realizada, con lo que en este caso la pérdida sería de 1.50 €.

¿Qué tienen de interesante?

Lo curioso de estos mercados es que se ha demostrado en varios estudios que son más capaces de predecir el resultado de un evento futuro que grupos de expertos o votaciones. Lo que resulta incluso más curioso es que estos mercados siguen siendo buenos instrumentos predictivos (de hecho igual de buenos) cuando se organizan con dinero ficticio. Por eso, además de porque me parece una buena base para un juego, estoy intentando sacar adelante Agora, que es un pequeño proyecto de programación que empecé hará una semana para intentar hacer un juego basado en la idea de mercados predictivos. Como todo, ya veremos si llega a algún sitio o no, pero de momento es una idea interesante. El código está todo en un repositorio de Fossil, por si a alguien le interesa clonar el repositorio y echarle un vistazo. (Se aceptan de buen grado contribuciones de todo tipo!) El proyecto está programado en Python, con el framework de aplicaciones web Django.

Conclusión

Aunque no soy precisamente un amante de los mercados, esta es una excepción interesante, ya que los mercados predictivos no dejan de ser un sistema de planificación colectiva, basado en los conocimientos difusos que todos tenemos. Por mucho que me gusten, y la verdad es que me dan ganas de meterme a Intrade, no está la cosa para arriesgar el dinero en ello, y de ahí la noción de Agora. ¡A ver si soy capaz de llevarlo a buen puerto!

Fukushima y Egipto: ¿qué tienen en común?

23/4/2011

No se trata de ser misterioso; simplemente espero dar que pensar, así que lo diré sin más dilación: el punto común se encuentra en las reacciones irracionales que se han producido al respecto.

En Japón se ha producido una catástrofe. Un terremoto de inusitada fuerza, y el tsunami desencadenado por él, han resultado en más de 10000 muertos, y daños materiales de muy difícil cuantificación. Recordemos que aunque lo más importante sea sin duda la pérdida de vidas humanas, los daños materiales también suponen la destrucción del fruto del trabajo de innumerables personas, que construyeron las infraestructuras y edificaciones afectadas, y sin duda resultarán en dificultades económicas para mucha gente. Gente que sufrirá carencias por consecuencia del desastre natural. Japón es un país solidario, uno de los principales donatarios de ayuda internacional, si bien se le ha acusado en su día de utilizar la ayuda internacional como mecanismo de promoción industrial, lo que por otra parte es el comportamiento normal de los estados. Es justo que el mundo sea ahora solidario con Japón.

Pues bien, a esta tragedia humana y cataclismo económico, se suma lo acontecido en la central nuclear de Fukushima. De lo ocurrido, pienso que hay que deducir ciertas lecciones. No puede ignorarse lo que ha pasado. Por desgracia, y quiero preferir pensar que no sea por voluntad de nadie, me parece que las ideas que se está llevando mucha gente son equivocadas.

Lo cierto es que la central de Fukushima estaba diseñada para resistir terremotos de menor entidad, que son los que se producen con mayor frecuencia en esa zona, pese a lo que no sufrió daños significativos como resultado del seísmo. El muro de contención fue superado por un tsunami de una violencia para la que no estaba preparado, y es algo en lo que quizás haya que pensar. Sin embargo, tras los daños sufridos, la central debiera haber entrado en su fase de apagado sin mayores problemas, de no ser por la falta de energía. Parte del motivo fue, naturalmente, la degradación de la red eléctrica consecuencia del desastre, pero parte fue también imprevisión imputable a TEPCO. Los generadores de emergencia quedaron inutilizados por el tsunami, y los que se llevaron en camiones no pudieron conectarse (he leído dos versiones: porque los cables eran demasiado cortos, y porque el tipo de conector era incompatible). En cualquier caso, a partir de la imposibilidad de llevar a cabo el apagado normal de los reactores surge toda una cascada de problemas derivados de la necesidad de enfriar el combustible nuclear a toda costa. Cuando se interrumpe la fisión nuclear con las barras de control, siguen quedando isótopos radiactivos, cuya desintegración nuclear produce calor. Se trata, obviamente, de mucho menos calor que el producido en condiciones normales de funcionamiento del reactor, pero ausente el mecanismo de refrigeración, era imperativo disiparlo para evitar que se produjeran daños en el recubrimiento de circonio o en el propio uranio. Circunstancia similar es también la del combustible ya utilizado, que se mantenía inmerso en agua.

De todas las centrales nucleares japonesas (hay un total de 55 reactores activos) sólo se produjo un incidente grave en Fukushima I, pese a uno de los más graves terremotos sufridos por Japón en su historia reciente. Hay quien insiste en ver en esto una demostración de la fragilidad y el peligro que entraña la energía nuclear. A mi me parece precisamente lo contrario: la infraestructura nuclear japonesa ha pasado sus pruebas de resistencia con nota. Sólo la imprevisión y los errores de mantenimiento de TEPCO, gestora de Fukushima I, son responsables de que una anécdota se haya convertido en un serio problema. Sin embargo, no puede considerarse a TEPCO como única responsable de su dimensión. No me estoy refiriendo al Estado por haber permitido la operación de la central por TEPCO ni nada por el estilo: me refiero a los alarmistas irracionales que han multiplicado los daños económicos (hablaré después de los humanos) de la fuga.

El profesor de derecho Kalr-Friedrich Lenz, que vive y trabaja en Tokyo, hace un buen uso de la analogía en esta corta entrada en su weblog: “Si alguien me pone una pistola de juguete en la cabeza”, dice, “y me manda que me vaya de Tokyo, sería un caso claro de coacción criminal. Básicamente, lo mismo es cierto de quien se inventa amenazas radiológicas inexistentes y me manda evacuar.”

Lo cierto es que el alarmismo sobre la situación en Japón está a la orden del día. Esto cuando Tokyo recibe menos de 70 milisieverts, menos que la radiación natural de fondo en Austria. Constantemente, se oye hablar de la amenaza nuclear, del potencial para el aumento de cáncer, malformaciones, de la necesidad de evacuar el área y sus inmediaciones, e incluso se recomienda no viajar a Japón o quedarse en Tokyo. Ninguna persona ha recibido más de 250 milisieverts de radiación por consecuencia de la fuga, y ya hay quien augura poco menos que el fin del mundo. Alemania mediante su oficina de exteriores emite recomendaciones descabelladas, y se prepara para apagar sus centrales, mientras el carbón se sigue quemando, con el aumento del CO2 y sus consecuencias para el cambio climático. Es difícil determinar si la histeria antinuclear de Alemania es enteramente producto de la ignorancia, o si quizá se trata de algo promovido por otros intereses (como los de las centrales térmicas) pero en cualquier caso tiene consecuencias negativas tanto en Japón como en Alemania, y en el planeta en su conjunto. Destaco el caso alemán porque es el más llamativo, pero otros países han emitido recomendaciones parecidas, y el murmullo sobre replantearse el uso de la energía nuclear sigue en el aire en muchos lugares.

Es verdad que la energía nuclear presenta peligros. TEPCO, una empresa privada (a mi juicio los reactores los debería gestionar el Estado directamente), incurrió en errores y carencias de mantenimiento, previsión, formación del personal, etc. Pero no podemos vivir sin energía. La civilización industrial requiere de la energía no ya sólo para crecer, sino simplemente para sobrevivir. Es imposible dar la vuelta al reloj de arena y vivir como en el siglo XVIII con la población mundial actual. Aquellas personas que pretenden eso, o no saben de lo que hablan o están directamente incitando al genocidio. De las formas de energía que podemos utilizar, la nuclear es la más segura por vatio-hora generado. Sí, incluyendo Chernobyl, que fue un desastre producto de una generación de reactores superada y en circunstancias peculiares que no volverán a repetirse, e incluyendo la energía solar. Más gente muere colocando paneles solares por vatio-hora generado que por consecuencia de la radiación; y no hablemos del carbón. La extracción del carbón, su uso en centrales térmicas–que libera más radiactividad que una central nuclear en su operación normal–y las partículas que resultan del mismo, producen con creces más muertos tanto en términos absolutos como relativos.

¿Y qué hay entonces de Egipto? Ya llevo escuchando a gente decir que no irían a Egipto por nada del mundo; que la gente que va a Egipto es irresponsable; etc. Curiosamente no se lo piensan dos veces antes de montar en coche, cruzar la calle, comer grasas y sal, beber alcohol, fumar, y, en general, realizar conductas que, estadísticamente, son mucho más peligrosas que visitar un país en que se está produciendo, dentro de lo que cabe, un cambio pacífico de régimen. Es verdad que no tiene sentido aumentar los riesgos que uno corre sin motivo, pero no deja de ser verdad que visitar Tokyo o El Cairo, no entraña en sí riesgos mayores que aquellos a los que nos exponemos, a menudo gratuitamente, sin que nos vacile el pulso.

Japón merece nuestra solidaridad. También el mundo árabe que parece que al fin está desatándose de las cadenas que lo tenían sometido, cadenas de las que a menudo nuestros propios estados son parcialmente responsables, y de lo que hemos derivado, de un modo u otro, beneficios directos o indirectos. Privar del turismo a estos países sin motivo alguno, agitar y alarmar a la gente para que no los visite, es añadir a su desgracia; una conducta indigna. .

Luchando con OWA y Flattr y su integración con wordpress

21/4/2011

Hoy mucho me temo que mi artículo va a ser bastante menos entretenido.

He estado intentando integrar OWA–Open Web Analytics–que es un sistema parecido al de Google Analytics para poder obtener estadísticas sobre los visitantes a mi weblog. Más que nada, por pura curiosidad. Pues bien, he sido incapaz de poner la cosa a funcionar. en teoría es muy sencillo: subir unos archivos determinados a wp-content/plugins/ dentro del directorio del blog, modificar la configuración con los credenciales de la base de datos, y prácticamente ya debiera ser cosa hecha. Sin embargo el sistema no me da ninguna información, y hasta ahora soy incapaz de deducir el motivo. De momento esto lo dejo por imposible, al menos hasta que no tenga algo más de ganas.

La otra cosa que quería arreglar era la integración de Flattr. Parece ser que como era previsible el plugin de Flattr para WordPress ha ido adquiriendo nuevas características, como ser capaz de autoenviar las nuvas entradas para que aparezcan en Flattr automáticamente, aunque nadie haya decidido darle al botón aún. Pues bien, me encuentro con un error de OAuth, y tampoco he sido capaz de corregirlo por el momento.

Que le vamos a hacer: me remito a lo dicho sobre las leyes de Murphy. Están plenamente operativas al día de hoy, y no creo que vaya a poder llegar a ningún sitio. La cosa está de no.

Ah, y se me olvidaba: decidí cambiar el tema de mi weblog, y ahora por supuesto la internacionalización que en su día había realizado se ha ido ya os podéis imaginar a donde. Siento mucho la regresión. Intentaré corregirlo en cuanto pueda, que quién sabe cuándo será.

En fin. Lo dicho.

[EDIT. 02:14] He vuelto a activar el tema que tenía anteriormente, que aunque me gusta algo menos por algunas cuestiones puntuales (por ejemplo no indica quién ha escrito un determinado artículo, pero como de momento soy siempre yo importa poco) por lo menos ya lo había internacionalizado en su día y respeta los formatos de hora y fecha.

Relato: Desterrado

20/4/2011

Día tras día, las cosas seguían igual: la misma media docena de ponis que aguantaban su peso por turno, las inclemencias del tiempo, y la pradera de la estepa extendiéndose en todas direcciones hasta donde alcanzaba la vista. A veces, Asurte llegaba a olvidar su propio nombre. Después de todo, ya no quedaba nadie vivo que lo llamase así. Cabalgando sin más objeto que sobrevivir un día más, por un perverso deseo de contradecir las ideas rígidas de sus oponentes, era fácil olvidarse de toda una vida, y perderse, simplemente, en las sensaciones del momento.

Hacía ya varias semanas que el clan estaba en peligro. El clan que, infringiendo las leyes ancestrales, había adoptado a Asurte, un extraño a la estepa, dándole un nuevo nombre y una nueva esperanza. Ya por varios años, Asurte, conocido como Kiertac, había servido al clan con todo su empeño: “sangre por sangre, vida por vida, hasta que el sol se apague”, decía el juramento de adopción, y Asurte, como todo ciudadano del imperio, se tomaba los juramentos muy en serio.

Tras eventos de los que Asurte nunca daría una explicación comprensible a los nómadas esteparios, para quienes el imperio sólo podía entenderse como un mito o como un poderoso y rico clan de clanes, hablaron las ostras, y tuvo entonces que probar el vino amargo del exilio. Como último acto de desafío contra aquellos que le habían ganado la partida, Asurtes tomó la decisión (por la que muchos pensaron que había perdido la razón) de vivir su destierro en las tierras esteparias, donde vivían los clanes nómadas que habían siglos atrás osado incursiones contra el imperio, antes de que numerosas expediciones punitivas eliminasen la costumbre de asaltar sus ciudades. Conforme a la ley, allí se vio Asurte, hombre civilizado, culto, y en absoluto preparado para una vida sin descanso a lomos de un poni, con 5 cubos de plata, su espada larga, y un caballo de batalla.

Sin saber lo que hacer, recorrió las estepas durante días, en busca de compañía, pues la soledad le resultaba intolerable. Un hombre que había vivido en constante debate, proponiendo, rebatiendo y apoyando o denostando las posiciones de otros hombres, encontraba imposible vivir en los confines de su propia imaginación. Fue así que, tras caer prisionero de uno de los clanes que pastoreaba sus animales, y que inmediatamente lo declaró esclavo por derecho de conquista, no pudo hacer otra cosa que llorar de alegría al oír las voces de otras personas. Al principio de su carrera política, Asurte había recibido tributo de algunos clanes que se habían venido adhiriendo al imperio por relaciones que ellos consideraban de alianza y el imperio de vasallaje, por lo que conocía la lengua de las estepas, y pronto recobró fluidez en ella, realizando los encargos que sus nuevos amos le ordenaban: el montaje y desmontaje de las tiendas, la carga de agua, carbón, y otros víveres, y, en general, cualquier tarea que considerasen indigna de un guerrero.

Fue tras haber sido vendido varias veces, que el jefe de un clan, reconociendo la fisonomía típica de un ciudadano del imperio, le preguntó en un ortós oxidado y mal declinado quién era, por qué motivo había caído en la esclavitud de los clanes, y cuáles eran sus conocimientos. Asurte le dijo su nombre, lo que en otro tiempo habría considerado un privilegio para un bárbaro, habiendo aprendido la poca estima en que los clanes tenían a los esclavos, e intentó explicarle que su formación se centraba en la ley del imperio, pero que tenía conocimientos básicos de filosofía natural, botánica, y algunos fundamentos de logística. Quizá el ortós del jefe del clan no era lo bastante avanzado, o quizá algunos de esos conceptos estaban fuera de la órbita de su experiencia, porque lo que concluyó fue que Asurte era un chamán.

Los destinos de Asurte pronto cambiaron cuando el chamán del clan que lo había comprado por una cabra intentó averiguar qué había de cierto en la teoría del jefe del clan. Enseguida comprendió que, si bien Asurte no era exactamente un chamán en el sentido en que lo entendería su pueblo, tenía los conocimientos equivalentes, y en muchos aspectos superaba a los suyos propios. Así, Asurte ayudó al clan a modificar parte de sus técnicas y materiales, mejorando su metalurgia (mucho más avanzada en el imperio), preparando extractos y pócimas capaces de curar sus enfermedades y heridas, y en general colaborando en todo lo posible con el clan. Un chamán más desconfiado o egoísta habría tenido una reacción bien distinta, pero Lourtag tenía una mentalidad abierta y un profundo sentido del deber. No sólo se preocupó por mejorar la vida de Asurte, que había sufrido mucho expuesto a duros trabajos para los que no estaba bien dotado por naturaleza, y cuyo amor propio había sido menoscavado en gran medida por el ridículo y las humillaciones a que se había visto maliciosamente sometido, sino que también intentó convencer al clan de que adoptase a Asurte, que, siendo un chamán, no podía considerarse como un esclavo. La esclavitud de Asurte pronto pasó a ser meramente una ficción, en cuanto se dieron cuenta los miembros de cuán útil podían ser sus consejos e invenciones. Sin embargo, el jefe del clan, deseoso de mantener las formas, lo retuvo en su estado servil durante un año y un día, tras lo que le permitieron comprar su libertad. ¿Y–se preguntó Asurte–que hago yo ahora con mi libertad, en medio de la estepa, rodeado de extraños con quienes no tengo vínculo alguno? Al menos antes–se decía–, tenían una razón para llevarme con ellos. Pero todas sus preocupaciones fueron en vano, y tan pronto como se agotaron los 3 días de hospitalidad debidos a un huésped, fue el propio jefe del clan el que le propuso la adopción.

–Tú sabes–le dijo–que según nuestras leyes, todo extraño a la estepa está sujeto a nuestro dominio en ella, con excepción de los legados imperiales debidamente acreditados. La estepa no conoce otro dueño que no sean los clanes, que en mancomunidad mantenemos poder sobre ella. Nadie más sabe como sobrevivir. Tú, sin embargo, has sobrevivido varios años, en condiciones que habrían matado a muchos hombres. Atesoras conocimientos, venidos de tu clan, de los que no disponemos, y nuestro chamán es tu amigo. No sé que deseas hacer con tu futuro, y cada hombre ha de cabalgar como le dicte su albedrío, pero nuestro clan te adoptaría de buen grado.

–Pero tengo entendido–contestó Asurte–que está prohibido adoptar a extraños.

–Asurte es un extraño. Como tal, es imposible que un clan honorable lo adopte. Pero, ¿qué hay en un nombre? ¿Acaso las estrellas, que nosotros llamamos de un modo, y vosotros, en el imperio, de otro, no brindan la misma luz a los mortales?

Este argumento, que Asurte había escuchado en términos similares en círculos filosóficos que frecuentaba, resultó ser la pieza de convicción: después de todo, ¿qué mejor oportunidad surgiría que unirse a un clan cuyo chamán era un buen amigo y un observador herbalista, y cuyo jefe era prácticamente un filósofo autodidacta? Si sus detractores supiesen de su nueva perspectiva, ¡cómo se reirían! ¡Él, que se había negado a acudir a banquetes donde faltasen conversaciones doctas, pensando en un bárbaro nómada como en un interlocutor! ¿Por qué no habría optado por el destierro en las ciudades mercantiles del mar interior? Pero al tiempo susurraba en él el convencimiento de que nunca habría vivido tanto–aprendido tanto y entendido tanto sobre sus capacidades y sus límites–en las ricas y opulentas islas.

–Un ciudadano del imperio–contestó Asurte–tampoco podría dar su lealtad a cualquier otro grupo. Asurte no podría jurarte obediencia, ni asumir los vínculos de todo miembro del clan. sin embargo, encuentro sabiduría en tus palabras, y espero que el honor que el clan está dispuesto a hacerme le sea devuelto por mi adhesión hasta la última gota de sangre.

–Bien dicho. Todos sabemos que hablas bien. Tu nombre será por tanto Kiertac, pues tu lengua es ágil y tus palabras calman las pasiones como el murmullo de los torrentes, que nos recuerda los peligros de actuar sin pensar.

En cuanto Kiertac fue formalmente adoptado, sus desvelos por mejorar la vida del clan no hicieron sino aumentar. Intentó enseñarles todos los avances del imperio, aunque sorprendido aprendió que en algunas materias los clanes tenían mejores técnicas, y en otras lo que sirve en un imperio sedentario con ciudades de cientos de miles de almas y talleres repletos de herramientas y trabajadores no es siempre la solución óptima para un clan con unas cuantas docenas de personas, siempre en movimiento, siempre a la merced del tiempo y en constante alerta frente a incursiones de otros clanes. Su plan de instituir una educación básica univesal que permitiese a todos los miembros leer y escribir, se encontró con la realidad práctica de un pueblo en que los clanes son lo bastante pequeños que todos conocen a todos, y no sólo por su nombre sino por íntimos y extensos detalles de su genealogía, haciendo el intercambio escrito de ideas difícil de justificar. Algunos jóvenes decidieron aprender el alfabeto, pero pocos llegaron a utilizarlo con provecho, y Kiertac nunca pretendió recrear el imperio de que había sido desterrado. Tal noción habría sido contraria a su temperamento, que respetaba a su clan por su capacidad de vivir en la estepa donde pocos imperiales podrían sobrevivir sin el apoyo logístico provisto por innumerables caravanas e ingenios para el transporte de aguas y mercancías, y habría resultado contraria a la lealtad que residualmente le debía al imperio, como fuente de su visión del mundo. Una cosa era integrarse en un clan que nunca podría hacer el mínimo daño al imperio, y otra bien distinta intentar crear otro centro de poder en el continente. En cualquier caso, si esas hubieran sido sus intenciones, ni el chamán ni el clan jefe lo hubiesen permitido, el primero apelando a la tradición y a las necesidades de la vida nómada, y el segundo, con mayores miras políticas, temeroso de la reacción inevitable del imperio ante tal usurpación de su monopolio del poder.

Todo fue bien durante varios años, hasta que, durante una de las reuniones en que los clanes intercambiaban miembros para asegurar una cantidad razonable de exogamia, tras una copiosa cena regada con leche fermentada, surgió la historia de Kiertac. Algunos miembros del clan, embriagados e incautos, explicaron su procedencia, e incluso dijeron su antiguo nombre: Asurte.

Al día siguiente, el chamán del otro clan, celoso de las obvias mejoras en muchas de las técnicas y herramientas, discutió en alta voz y exigió el sacrificio de Kiertac a los dioses, ya que a ningún extraño le está permitido unirse a los clanes. La superioridad numérica y el apoyo unánime de todos los miembros a Kiertac disolvieron el conflicto, y los clanes se separaron, sin ratificar su alianza pero sin más hostilidades. Desde entonces, sin embargo, las cosas empezaron a complicarse para el clan. Quizá hubiese dinero imperial de por medio, o quizá fuese la mera preocupación de los chamanes por su propia posición, pero firmes aliados se convirtieron en neutrales, y los neutrales se hicieron hostiles.

–Qué vamos a hacer? ¿Qué será del clan–preguntó Kiertac–si continúan persiguiéndonos hasta los confines de las estepas? Quizá sea hora de entregarme. Sangre por sangre y vida por vida. El sol sigue brillando.

–Nuestro clan es soberano. Adoptamos a quien nos place, y no estamos dispuestos a permitir injerencias en nuestros miembros. Yo soy tu jefe, no tu dueño, y tus decisiones han de ser tuyas. No soy como el jefe de tu clan de clanes, que pretende que os echéis a sus pies y penséis solamente cosas que le plazcan. Te digo que a mi juicio, podemos disuadir a nuestros enemigos de sus intenciones, gracias en parte a tu ayuda: tenemos mejores puntas de flecha, mejores armaduras… La decisión está en tus manos: cada hombre cabalga sólo en su último día.

–Si te parece, prefiero vender mi vida más cara, y defender la sangre del clan con la mía. Sospecho que a estas alturas mi mera entrega no se librará de esta persecución, que seguramente esté tan basada en la envidia como en las leyes.

–Así sea, compañero. Para todo hombre llega un día en que ha de confiar en su clan, y, formando en círculo, defenderlo hasta el final. A veces un clan entero cae ante el acoso de muchos otros, y puede ser nuestro final, pero no es ningún deshonor si caemos como lo que somos: un clan, libre y soberano, condueño de las estepas, cuya palabra nunca ha sido violada.

El jefe miró a su alrededor, y vio como en todas direcciones se acercaban sus enemigos. Sin detenerse a arengar a su gente, disciplinada y dispuesta a la batalla, simplemente gritó: “¡conmigo, y con Kiertac! ¡Que nos veamos juntos cabalgando sobre las Estrellas!”

Se oyeron arcos, zumbaron las flechas, y los hombres y los caballos heridos gritaban de rabia y dolor. El sol se puso, y, más tarde, se hizo el silencio.

Ley de murphy

19/4/2011

Pues bien, en el último artículo comentaba como se solucionó el problemilla de que Windows no trabajase con la línea braille, reinstalando el controlador del puerto serie. Hay 3 noticias: una mala, una buena, y una mala.

  1. Al reiniciar el sistema, el puerto serie volvió a fallar
  2. Pero el problema pudo corregirse haciendo lo mismo, reinstalando el controlador, que parece ser una solución incómoda pero efectiva
  3. Ésto es, si no fuera porque el sector de arranque de Windows se ha ido a tomar por saco, y GNU/Linux ha quedado corrompido tras innumerables intentos de arrancarlo que requirieron apagar la máquina a saco

En resumen: la máquina tenía 3 sistemas operativos (Windows XP, Windows 7, y GNU/Linux (Ubuntu 10.4 si mal no recuerdo)) de los cuales 0 funcionan. ¿Acaso no es el progreso digno de contemplarse?

Como siempre, las cosas han ocurrido en el peor momento, en la peor secuencia, en la peor combinación, ad infinitum, ad nauseum. ¿Coincidencia? Yo creo que no. Soy poco dado a antropomorfizar los ordenadores, el mundo y la fortuna, pero, a pesar de todo, encuentro que operar como si ciertas máximas fuesen verdad contribuye a tener menos sobresaltos (ya que por lo menos lo desagradable no resulta sorprendente ni lo sorprendente desagradable). Podríamos llamarlo la ley de Murphy, si bien es un enunciado un poco limitado: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Es verdad que operar como si esta famosa ley fuese cierto aumenta las probabilidades de predecir la cantidad adecuada de catástrofes, pero aunque es una condición necesaria, no resulta, ni mucho menos, suficiente.

Aquí os ofrezco algunas máximas complementarias–que nunca suplementarias–de la antedicha y archiconocida ley, que espero os infundan un grado suficiente de pesimismo para ir bien calibrados ante la perfidia de este universo que no deja de hacer caer las tostadas por el lado de la mantequilla.

  1. Si algo puede salir mal, saldrá mal. Esta es la Ley de Murphy, la base de la Murphyología.
  2. Si algo no puede salir mal, saldrá mal.
  3. Si algo puede fallar en N maneras conocidas y fáciles de diagnosticar, fallará en una forma N+1, desconocida, compleja, imprevisible, variable, caprichosa, y virtualmente imposible de comprender.
  4. Cada cosa que sale bien aumenta exponencialmente las probabilidades de que el próximo eslabón en la cadena de causas y efectos salga mal.
  5. Cada cosa que sale mal aumenta las probabilidades de que el siguiente eslabón en la cadena de causas y efectos salga mal, por debajo del nivel exponencial resultante si hubiera salido bien, pero no tan por debajo que acabemos sabiendo a ciencia cierta si habríamos preferido que hubiese salido mal.
  6. Las probabilidades de que una determinada cosa salga mal son directamente proporcionales a los siguientes factores: 1) la importancia del resultado, 2) el trabajo necesario para corregir el problema, 3) una función incomputable de la fase de la luna, y 4) la suma del grado de distracción, enfado y perplejidad resultantes del problema.
  7. Las probabilidades de que una determinada cosa salga mal, cuando intentan medirse, 1) parecen aleatorias, 2) están caprichosamente diseñadas para frustrarnos, o 3) aumentan considerablemente a niveles catastróficos por el mero hecho de observarlas.
  8. Cuando el tiempo, los medios humanos o materiales, los conocimientos o la disposición necesarios para arreglar un fallo potencial están presentes, sobre todo si han supuesto un coste significativo de cualquier clase, el fallo no se manifestará.
  9. En cuanto cualquiera de las condiciones de la cláusula anterior desaparezca, las probabilidades de manifestación del fallo aumentan monotónicamente hasta llegar a la unidad.
  10. Cuando un fallo puede deberse a N causas, tras haber investigado las N causas, descubriremos K nuevas posibles causas, y tras investigar K-1, la última será la causa del fallo, que resultará la más difícil de diagnosticar y corregir.
  11. Cuando intentemos alegar la ley de Murphy y sus corolarios pueden ocurrir dos cosas: 1) no se nos creerá, achacándosenos de pesimistas crónicos–como si eso no fuese racional–y tras haberse ignorado nuestras advertencias el sistema fallará catastróficamente, de lo que se nos culpará por gafes, o 2) nuestras advertencias serán atendidas, tras lo que el sistema se comportará perfectamente, acusándosenos de pesimistas crónicos una vez más. Por razones obvias, las organizaciones oscilan perpetuamente entre los estados 1 y 2, y de forma que uno siempre piensa que el otro estado es el menos malo hasta que cambia el ciclo, cuando uno descubre que la frase “no puede ser peor” es un dogma central del pesimismo racional.
  12. Cuando una persona optimista diseñe, implemente u opere un sistema, éste se comportará perfectamente hasta que lo necesitemos y utilicemos, momento en que el optimista nos echará la culpa del fallo.
  13. Cuando diseñemos, implementemos u operemos un sistema, con las precauciones típicas de un pesimista racional, se comportará como se comportan los sistemas normalmente–en un estado de constante maximización de la entropía y de nuestras canas–hasta que pase a ser operado por un optimista, para el cual funcionará a la perfección y nos echará la culpa de los fallos anteriores, farfullando que la mala suerte parece perseguirnos.
  14. Toda incompetencia de suficiente dimensión es indistinguible de la malicia.
  15. Toda malicia de suficiente dimensión se ocultará perfectamente como incompetencia.
  16. Todo enunciado del tipo “nada puede fallar”, “ahora sí”, “esta vez funcionará”, y similares, resultará en fallos que debieran haber sido enteramente previsibles, pero que en su momento nos parecieron imposibles. Estos enunciados a menudo pasan a formar parte de las listas de últimas palabras célebres, por lo que se recomienda evitarlos a toda costa. Enunciados del tipo “vamos a ver como falla esta vez” tienden a resultar en fallos, aunque de menor entidad.
  17. Todo intento de abolir o evadir la ley de Murphy es nulo de pleno derecho: al universo le gustan los desastres y le importa muy poco lo que pienses al respecto.
  18. La ley de Murphy es recursiva: si cualquiera de estas cláusulas intenta utilizarse para beneficio propio (por ejemplo, si se lava el coche para que llueva, en tiempo de sequía) el universo correrá del modo que se maximicen los daños causados, la imprevisión de los mismos, la perplejidad de quienes hayan intentado servirse de la ley para estos fines, y la aleatoriedad de las cosas.

Si después de haber leído esta lista no eres un pesimista racional, como yo, quizás te haya tocado toda la suerte que nos parece faltar a los que vivimos conscientes de estas leyes. Sospecho que ahora que las conoces el universo no será tan indulgente contigo. Después de todo, si yo tengo que vivir pensando siempre en lo peor, ¡tú también! Así que recuerda estas leyes, y la próxima vez que la tostada caiga por el lado de la mantequilla, ya sabes… así es la vida.